Las mujeres de El aroma de los libros, novela de nostalgia y buenas maneras

Alessia Ragno ha escrito una hermosa reflexión sobre las protagonistas femeninas de la novela

La novela de Desy Icardi, El aroma de los libros, es una fábula de tiempos pasados. La protagonista es Adelina, una niña muy formal y educada que procede del campo y se encuentra, a los 14 años, asistiendo a una escuela de renombre para señoritas en Turín. Así es como su padre decide protegerla de esos «vagos que podrían atraparla en un establo» y destinarla a un matrimonio equivocado que arruinaría su vida. El increíble don de la joven Adelina es la capacidad de percibir el olor los libros y leerlos no con los ojos, sino con la nariz: la jovencita sigue los acontecimientos de Los novios, Orgullo y prejuicio y de todos los demás libros que caen entre sus manos, siguiendo un rastro perfumado de flores o un hedor pestilente que le cuenta las historias y los estados de ánimo de las novelas que huele. Quien la acoge en la gran ciudad es su tía Amalia, tan rica como prudente en los gastos, arisca y tacaña en otras palabras, que ha pasado toda su vida conservando unas propiedades adquiridas de una manera un tanto rocambolesca. En contraposición a las dos protagonistas se encuentran un erudito convertido en profesor de la escuela para señoritas, el estadounidense don Edward Kelley, y el astuto y fascinante notario Vergnano, quien se inmiscuye en las vidas ajenas para su propio y exclusivo beneficio.


Se perciben con fuerza todos los aromas de esta novela: el olor a pan revenido con tortilla que la tía le prepara a Adelina y que es triste y grasiento, siempre envuelto en un pañuelo lavado y vuelto a lavar para ahorrar en papel; el olor de viejo y gastado de la casa de Amalia, espartana y desnuda para no desperdiciar ni una pizca de riqueza después de la muerte de su adinerado marido; el olor a papel viejo y moho de los libros del buen abogado vecino y de la oscura biblioteca de la escuela; y finalmente el olor a cosméticos y trajes de la gente del teatro de la década de 1930, parte de la antigua vida de Amalia, cuando era una muchachota «alta, esbelta, con un cuerpo rollizo, pero sin estar gorda» y tenía las piernas más hermosas de Turín. Son estos los emocionantes detalles que componen la novela como si fuera un intrincado mosaico, y es gracias a estos pormenores que Adelina y Amalia viven en las páginas de El aroma de los libros como protagonistas absolutas de la escena. Desy Icardi cincela sus historias personales y su psicología con arrebato y momentos de absoluta comicidad; ilustra su ingenuidad sin denigrarlas y construye, sobre todo, su buen corazón y su gran valentía. Casi nos parece haber regresado a los tiempos de don Camillo y Peppone, protagonistas de las novelas de Guareschi: personajes de otro talante, reconfortantes y lejanos, el retrato de una Italia que parece estar muy lejos de la actual, donde los equívocos, los subterfugios, los momentos cómicos y el sincero suspense se alternan a un ritmo veloz. De este modo, se desencadena un efecto nostálgico que nos atrapa desde las primeras páginas, hasta alcanzar esa redención que Adelina, con su simplicidad y su aplomo, se merece sin condiciones.


La belleza de esta novela reside precisamente en estos personajes femeninos, Adelina, Amalia y todas las demás, recuerdos de ese tiempo pasado en el que el lápiz de labios era «porquería», sombreros y accesorios provenían de las más renombradas sombrererías y la meta principal en la vida era un buen matrimonio para escapar de la miseria. Es un tiempo hecho de patines puestos para ir por casa, de helados tan valiosos como el oro para comer mientras caminas por la ciudad, pero solo si es un hombre rico quien te invita, y un código, no declarado, hecho para casarse «sin dejar caer la monedita de entre las rodillas». Nos reímos de estos manierismos de épocas pasadas y les cogemos cariño instantáneamente a estas figuras femeninas de orígenes humildes, profundamente sencillas, pero dotadas de toda la sabiduría del mundo. Amalia y Adelina son despiertas, se huelen los engaños de los hombres que están a su alrededor e intentan mantenerse alejadas de las maldades ajenas. Pura, purísima, la joven Adelina, más calculadora su tía Amalia, con inconfundibles y decididos métodos, pero ambas dotadas de recursos para sobrevivir en un mundo de hombres débiles, malvados y, a veces, incluso bastante tontos. Para cerrar el cuadro de las mujeres descritas por Desy Icardi, un despliegue de gobernantas imponentes y calculadoras, risueñas bailarinas en busca de fortuna, tristes monjas temerosas de Dios y cocineras e institutrices amantes de las intrigas familiares, que incluso en medio de un escándalo, mantienen el rigor de la buena educación. Cuánto les importan a estas mujeres los buenos modales, lo que la gente piense de ellas, la fachada más que la sustancia; y, a pesar de todo, sus recursos son infinitos. No las juzguéis precipitadamente con los ojos apresurados del siglo xxi, sino permitidles crecer página tras página, mostrar sus debilidades, para luego triunfar a golpe de libros.


Esta es, en definitiva, la fuerza de El aroma de los libros: una historia fantástica que la autora construye a partir de una sugerencia personal suya, el aroma de los libros, pero sobre todo como una constelación de detalles que deben recopilarse cuidadosamente para construir los retratos, sorprendentemente vivos y tangibles, de estos personajes.


Alessia Ragno

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