Entrevista con Richard Powers, ganador del Premio Pulitzer de Literatura 2019

«Estamos completamente alejados de los demás seres vivos».

Tras sus novelas sobre inteligencia artificial, neurociencia y genética, Powers pone la mirada en los árboles. Durante una caminata por las Great Smoky Mountains, nos habla de ambientalismo y de no tener hijos. (Entrevista de Emma John para The Guardian)

Para llegar a las Great Smoky Mountains del este de Tennessee, primero hay que atravesar las abigarradas calles de Gatlinburg. El recorrido de casi cinco kilómetros que lleva hasta Albright Grove, donde se encuentran algunos de los bosques más antiguos del parque nacional, es una inmersión en algunos misterios que la ciencia apenas ha comenzado a descifrar. También es una especie de visita familiar. Powers viene a ver a los parientes que habitan en su último trabajo, El clamor de los bosques. Como explica una botánica del libro, los árboles y los humanos comparten un antepasado común y la cuarta parte de los genes. «Durante cinco años le he dicho a la gente que estaba escribiendo una novela sobre árboles —dice con una sonrisa—, y me preguntaban: “¿En serio?”».

Con sesenta años y numerosos galardones, incluyendo el National Book Award de Estados Unidos (por El eco de la memoria), Powers ya hace mucho tiempo que se granjeó el derecho a abordar cualquier tema que le viniera en gana. Ya trate de neurociencia o de guerras nucleares, el resultado suele ser una aproximación nueva y profunda al significado de estar vivo. Lo han descrito como «el mejor novelista del que nunca habías oído hablar» durante tantos años que la ignorancia ha dejado de ser una excusa.

Powers no había prestado especial interés a los árboles hasta hace unos años, cuando se encontró con una secuoya gigante en California mientras impartía un curso de escritura creativa en Stanford. «Cuando un ejemplar es tan ancho como una casa y tan alto como un campo de fútbol, no hace falta ser demasiado sensible para que te cautive», explica. «Pero una vez que empecé a observarlo, me di cuenta de que no era por su tamaño ni por sus proporciones… resulta que durante todo ese tiempo había estado ciego ante aquellas criaturas tan increíbles».

El resultado fue, según sus palabras, «una conversión religiosa», aunque no en un sentido teísta, sino en el de «regresar a un sistema de significado que no empieza ni acaba con el ser humano». Ya había tratado asuntos medioambientales con anterioridad, en El eco de la memoria, pero esta vez era diferente. «El ambientalismo sigue bajo el paraguas de una especie de humanismo: lo que se dice es que deberíamos gestionar mejor nuestros recursos. En este libro, me he tomado en serio por primera vez que no se trata de nuestros recursos, y que no estaremos bien hasta que nos demos cuenta de ello».

Con una precisión científica, la nueva novela de Powers retrata las vidas interconectadas de los árboles. El comportamiento de estos —las formas de ayudarse entre ellos y de ayudar a una cantidad innumerable de seres vivos— pone en evidencia el modo en que vivimos hoy en día. Al verlo identificar a las plantas, los hongos y los musgos que lo rodean, sería fácil pensar que lleva toda la vida siendo botánico, pese a que se pasó doce frustrantes meses aprendiendo a diferenciar un roble de un fresno.

Pero la habilidad de Powers para absorber y comprender un tema determinado es una de las piedras angulares de su escritura. Desde pequeño ha sido un entregado «generalista», uno de los cinco hijos de un director de escuela de Illinois y su esposa. «Sentía curiosidad por todo, y cada año me surgía una pasión distinta», recuerda. Powers estudió física creyendo que eso le permitiría explorar el gran conjunto de la vida. Pero no fue así, ni tampoco con el máster en literatura que cursó después, donde las especializaciones cada vez eran más esotéricas: «Ahí fue cuando pulsé el botón de alarma y salí de la universidad». Después vino una crisis de identidad donde trabajó como programador y operador informático. «No era yo, pero al menos así evitaba tener que decidir quién era».

 

Una vez que tuvo la idea para su primera novela, Three Farmers on Their Way to a Dance, publicada en 1985, se le abrieron las puertas a una carrera en la que podía seguir sus innumerables intereses. «Pensé: si soy capaz de llevar esto a cabo, las posibilidades de reinventarme son ilimitadas».

Aunque se relaciona con el mundo con paciencia y modestia, el intelecto de Powers a veces ha resultado desagradable para los críticos, que atribuyen cierta ausencia de calidez a su escritura. «Algunos dicen que mis personajes siempre son genios», explica. «Y no lo son, lo que sucede es que tienen una pasión, una manera de organizar el mundo que a los lectores les puede resultar desconocida. Si alguien va caminando por el bosque y dice: “Necesito oler ese sasafrás”, ya te está diciendo algo de él».

Uno de los aspectos de su forma de escribir que le provoca más orgullo es el uso de la ocupación personal como forma de caracterización. «No es algo tan apasionado como los celos, la ira, la envidia o el amor, pero para mí es una imagen más genuina y consistente de quiénes somos porque, a la mayoría de nosotros, nuestra vocación nos determina de una manera profunda». Explica que ha intentado «que esta adaptación de cuestiones filosóficas sea algo ligeramente diferente, sabiendo que las novelas sobre ideas tuvieron una época que no es la actual. De manera que siempre existe ese compromiso: ¿cómo cuentas una historia de pasión intelectual y la haces lo bastante cálida para que resulte accesible?». En el caso de El clamor de los bosques, el núcleo de la obra se inspira en un documental sobre activistas medioambientales del Redwood Summer (Verano de las Secuoyas) de 1990, en el que diversos grupos de guerrilla se movilizaron contra la tala de las secuoyas gigantes de California.

Sin embargo, aquellos que están muy involucrados en la narrativa humana corren el riesgo de perderse los elementos más fabulísticos. Powers cita una reseña reciente que calificó su trabajo como parte de la «gran tradición realista». «Yo pensé: ¿qué libro habrá leído? Me halaga que alguien lea alguno de mis libros de esa manera… pero son mitos». Hace una pausa y se ríe de sí mismo. «Y son alegorías, que es todavía peor…». Aun así, ha vertido gran parte de él en los nueve protagonistas humanos de El clamor de los bosques.

Da la sensación de que este libro le ha cambiado. Para empezar, le condujo a las Smoky Mountains. Hace tres años y medio, en un viaje de investigación, se dio cuenta de que se encontraba «mejor que nunca» y, al cabo de seis meses, se marchó de Palo Alto y de su puesto como profesor en Stanford, bien remunerado, para irse a una casa apartada en la montaña.

Su mujer, Jane, traductora del francés, trabaja en Chicago en la Universidad de Illinois, de manera que la mayor parte del tiempo tiene todo el sitio para él solo. La pareja no tiene hijos, él nunca ha querido tenerlos. «Eso ha supuesto una cuestión importante en mi vida, ya que ha sido la causa de ruptura de algunas relaciones». Al mismo tiempo, considera que es lo mejor que ha hecho por el mundo: «Resulta terrible decirlo —bromea—, pero no es por misantropía, sino por simple pragmatismo».

Su siguiente proyecto llevará los temas de El clamor de los bosques a la ciencia ficción, un género que cierta parte del mundo literario aún considera dudoso. «Pero si te planteas qué hace falta para que se produzca la transformación de la conciencia que necesita la humanidad… los únicos que se lo preguntan son los escritores de ciencia ficción».

 

Hace poco, Powers leyó una novela de Arthur C. Clarke en la que los protagonistas descubren vida en Venus, en forma de plantas que parecen rocas. «Dicen: “Por fin una prueba de que el ser humano no está solo en el universo”». Mira los árboles a su alrededor. «Y yo pienso: “Espera un momento, para eso no hacía falta marcharse de la tierra”».

Al cabo de dos horas de ascenso desde el inicio del sendero, Albright Grove se muestra en todo su esplendor. Después de los troncos densos y uniformes del bosque de segundo crecimiento que predomina en el sur de los Apalaches —el hombre blanco taló casi la totalidad de esas montañas cuando llegó— el bosque primario parece extraterrestre. Tulíperos gigantes, de siglos de antigüedad, tapan el cielo; los troncos apenas se estrechan en su viaje vertical. Alrededor de ellos, una maraña de vegetación, viva, muerta y podrida, crea formas sobrenaturales. «A algunas personas no les gustan los bosques primarios ——explica Powers—, les parecen demasiado terroríficos».

Pero la biodiversidad que se encuentra en estos espacios casi erradicados es el secreto en el núcleo de esta novela. «Ningún ser humano ha visto nunca un bosque primario que haya sido talado y que haya recuperado su riqueza y vitalidad. Jamás». Esa es una de las razones por las que resulta tan catastrófica la decisión del presidente Trump de abrir algunos monumentos nacionales, como el de Bears Ears en Utah, a la extracción y la tala.

«El cien por cien de los bosques podría desaparecer si no hay un acuerdo consensuado para protegerlos», comenta. «No se trata de un asunto económico, sino ideológico: nos contaron que el destino correcto de la humanidad era la dominación. “Que nos aten las manos, ¡atajemos los problemas de raíz!”. Y eso precisamente es lo que quieren hacer con el paisaje».

Para Powers, la idea del hombre moderno de que los árboles, las plantas y el resto de la vida salvaje no son más que una «propiedad» es el origen del problema principal de nuestra especie. «Todas las formas de desesperanza, terror e incapacidad de la vida moderna parecen estar relacionadas de algún modo con este alejamiento absoluto del resto de formas de vida. Estamos profunda y existencialmente solos».

«Hasta que nos demos cuenta de que resulta fascinante, divertido y extático pensar que todo lo demás tiene voluntad y está interconectado, tendremos que seguir temiendo a la muerte; es dominación o nada». Por eso, Powers espera que su libro forme parte del restablecimiento de una tradición que ha dejado de existir casi por completo en la literatura moderna. «Se nos dan fenomenalmente bien los dramas psicológicos y políticos, pero hay otro tipo de dramas —entre los humanos y los no humanos— que desaparecieron a finales del siglo xix, cuando nos creímos que poseíamos el dominio sobre la tierra. Porque ganamos esa batalla».

«Pero ahora sabemos que en realidad no la ganamos. Y hasta que resolvamos esa cuestión, la cuestión de cómo vivir con coherencia en este planeta, los otros dos tipos de historias son superfluos».

 

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