De otro lugar: una delirante novela policiaca ambientada en la España de la Transición

Hablamos con Óscar Montoya sobre parapsicología, nihilismo gallego, el humor como defensa y la independencia intelectual

  1. ¿Quién es Óscar Montoya y cuándo decidió dedicarse a la literatura?

Soy un tipo de 43 años sin antecedentes penales nacido en Alicante, pero que lleva toda la vida en Vigo. Digo lo de los antecedentes porque hoy se piden para casi cualquier trabajo, así que en la literatura solo es cuestión de tiempo. En cuanto a lo de escribir, y esto no es broma, lo decidí en la adolescencia. Me encontraba veraneando en el pueblo de mis abuelos, en Cuevas del Campo (Granada), donde no tenía mucho que hacer y los días se me hacían muy largos. En la casa de una de mis titas descubrí dos libros que me llamaron la atención, y me puse a leerlos para matar el aburrimiento: Marinero en tierra de Alberti y Así habló Zaratustra de Nietzsche. Cuando acabé su lectura experimenté un acceso de misticismo brutal, y me dije: «O soy poeta o me suicido». Ni que decir tiene que tardé años en ligar, y casi dos décadas en escribir algo que mereciera la pena.

 

  1. ¿Cómo ha sido el camino hacia la publicación?

Acababa de autopublicar mi primera novela, Últimos días de maternidad (Amazon, 2017), cuando Fernando Paz Clemente, director de Alianza de Novelas, se puso en contacto conmigo. Sin embargo, fue el manuscrito de De otro lugar, enviado meses más tarde, el que acabó por despertar el interés de la editorial… Trabajo desde hace más de diez años en una empresa que transporta mercancías en contenedores, así que te puedes imaginar el subidón que sentí. Por fin daba por amortizados a Alberti y Nietzsche.

 

  1. Háblanos de Antonio Tojeira, el protagonista de la novela.

Es un inspector sin vocación que, fundamentalmente, busca un destino tranquilo, sin sobresaltos. «La gente parece menos inteligente de lo que es cuando le toca hacer algo que no le gusta, que no le va. Por eso las profesiones están llenas de necios», afirma el policía en un momento de la novela. Y es que trabajar en algo que ni te va ni te viene tiene sus ventajas (la poca implicación, la comodidad), pero también sus riesgos, el más peligroso de los cuales es no ser tomado en serio por los propios compañeros. En este sentido, Antonio Tojeira, más que antihéroe, es antitrabajador, un hombre que no le gusta el oficio aunque lo respeta, así que procura implicarse lo menos posible en sus asuntos. De ahí su alegría inicial por haber abandonado la tormentosa Madrid de finales de los setenta, para recalar en un lugar tan turístico como Alicante, donde espera que no ocurra nada. «Esto es casi como no estar en España», dice, y más cuando el comando itinerante de ETA ya se ha ido todavía más al sur, a seguir con su campaña de verano. Pero todo cambiará y el paraíso dejará paulatinamente de serlo: un caso temprano de mobbing.

 

 

  1. Te gustan los personajes solitarios, asociales…

Tojeira, que es un nihilista gallego (o sea, que no se puede ser más nihilista) asiste con estupor a todo el ruido de la Transición, y no deja de lamentarse por la complicidad de algunos cuadros policiales con la extrema derecha más rancia. Pero no es una cuestión de que se sienta obligado a escoger entre ser un poli democrático o no. Como la madre primeriza protagonista de mi anterior novela, lo único que quiere es salvaguardar su independencia intelectual, esto es, decir y pensar lo que le dé la gana, no dejarse engullir ni por los viejos ni por los nuevos códigos. La naciente democracia le ilusiona, pero algunas cosas que ve no tanto: «A veces pienso que la democracia es como el anzuelo de un pescador que lleva horas pescando y finalmente se decide a sacarlo del agua. El sabroso y colorido pescado que esperaba se parece demasiado al gusano que le sirvió de cebo».

 

  1. O sea, que es un liberal…

Es un superviviente interesado en la parapsicología, en las cosas que no son de este mundo. Le gusta hacer la ouija, le da igual que quienes invoquen a los espíritus sean rojos o azules. Soñaría por un Congreso de los Diputados lleno de médiums con los ojos en blanco.

 

  1. Hablando de parapsicología. ¿A qué obedece esa obsesión del protagonista por J.J. Benítez?

La Transición y los años que la siguieron fueron la edad de oro de la parapsicología y la ufología nacional. Se publicaban infinidad de libros al respecto y los ufólogos parecían estrellas del rock. El programa Más Allá, del psiquiatra Jiménez del Oso, era líder indiscutible de audiencia y J.J. Benítez era el escritor estrella en esta materia. Tojeira siente por este último una especie de envidia sana: encarna todo aquello que le habría gustado ser.

 

  1. En el libro abundan las referencias al terrorismo tardofranquista. ¿Fue realmente tan extendido?

Mucha gente de mi generación ha crecido con la idea de que la Transición fue algo así como aquellos dibujos tan tiernos de mi infancia, la Aldea del Arce, una Transición en la Aldea del Arce o algo parecido. Desde pequeños se nos metió la idea de que habíamos dado un ejemplo al mundo y esas cosas, de que no se podía hacer más de lo que se hizo, etcétera. En mi opinión, creo que todo eso es verdad, aunque con matices importantes. Los matices a los que me refiero son los cadáveres de cerca de doscientas personas asesinadas entre 1975 y 1982 por grupos parapoliciales y de extrema derecha escasamente organizados. La Transición fue una época muy violenta y eso conviene no olvidarlo nunca, sobre todo aquellos que reniegan de ella y sostienen que se pudo haber hecho más.

 

  1. El humor es una constante en todo el relato. ¿Te ha resultado difícil incorporarlo, dada la gravedad de algunos temas? Me refiero especialmente a la situación de los policías en el País Vasco.

El humor es una herramienta más, pero no creo que contribuya ni esté pensado para ridiculizar nada. Simplemente, es una válvula de escape del autor y del protagonista a la hora de enfocar determinadas situaciones, sociales y personales. Contribuye, además, a humanizar a un gremio que siempre situamos en la heroicidad o en la indignidad, como si no hubiese un término medio. Más que la reacción de los policías me asusta las represalias de los “viejos coquetos” de los que hablo en el penúltimo capítulo. Esta subcategoría de anciano sí que me aterra. Para saber por qué, hay que leerse la novela, claro.

 

  1. Esta obra se ha encuadrado en el género cada vez más plástico de la novela negra. ¿Te consideras un escritor de novela negra al uso, o es un acercamiento puntual a este género?

Yo situaría este texto a medio camino entre el Sostiene Pereira de Tabucchi y El misterio de la cripta embrujada, de Mendoza. No, no me considero un autor de novela negra. Hace falta mucho oficio para acercarse a escritores de la talla de Carlos Zanón, Domingo Villar o Lorenzo Silva, por citar algunos ejemplos de nuestro país. Realmente, no sabría muy bien cómo catalogarme. Supongo que hasta la tercera novela no sentaré jurisprudencia.

 

  1. ¿Alguna preferencia, dentro del género?

No soy muy original en este sentido: los americanos. Jim Thompson, James Ellroy, Edward Clarke, George V. Higgins. Aunque siento una especial debilidad por Jorge Ibargüengoitia: Dos Crímenes me parece una obra excepcional. Tengo que volver a leerla.

 

 

 

 

 

 

 

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